Macanudo de Liniers

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"¿Y si no fuésemos otra cosa que los brazos de una voz?" Decir. Maliyel Beverido
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jueves, 2 de agosto de 2018

Nuestros niños




Foto tomada de Internet. USA, Mayo, 2018


Nuestros niños


Xánath Caraza


Si es uno, diez mil

o mil quinientos los perdidos,

el dolor es el mismo,

la indignación aún mayor.



No hay canciones de cuna

a quien susurrar por las noches,

las camas están vacías.



Ni a quien cobijar en las tardes frías,

las casas están incompletas.

No hay fuego en el hogar.



Una generación adolorida.

No hay cuerpos que abrazar.



Niño mío, en la oscuridad te vislumbro.

Niña mía, en las garras de la maldad estás.



¿Cómo alcanzar tus pequeñas manos?

¿Cómo calmar tu sed?

¿Cómo sentir tu aroma?

¿Cómo escuchar tu dulce voz?



¿Quién consolará tu hermosa alma?

¿Tendrás qué comer?

¿Quién dirá tu nombre con ternura?

¿Quién rezará por ti con amor?



Y, ¿en las noches de tormenta?



Niño mío, niña mía,



¿Cómo sabrás que sigo junto a ti?



*Atenas, Grecia, 13 de junio de 2018.

Foto tomada de Internet. USA, Mayo, 2018


Foto tomada de Internet. USA, Mayo, 2018.













Los registros Federales de Estados Unidos confirman que están en funciones 86
centros llamados "Centros de cuidado infantil".



lunes, 30 de julio de 2018

El llanto del Hudson




El llanto del Hudson

Xóchitl Salinas Martínez

“Las palabras son sólo piedras puestas atravesando la corriente de un río. Si están ahí es para que podamos llegar a la otra orilla, la otra orilla es lo que importa.” José Saramago

Hudson (2018, Editorial Nazarí), el más reciente poemario de Xánath Caraza, cuenta nuevamente con la traducción de Sandra Kingery con quien la autora ya suma años de formar un sólido equipo de trabajo que permite a sus libros llegar a más lectores y esta vez lo hacen como tejedoras de historias a través de los 50 poemas que lo conforman. El bilingüismo, español-inglés, que siempre ha sido fundamental para ambas, en este libro se vuelve vital pues al hablar de la condición migrante en Estados Unidos, en la zona que rodea al Río Hudson, sabemos que muchas de esas historias se respiran en español. Así, dentro del cuerpo principal, los poemas nos ofrecen un tema en específico: la situación de los migrantes teniendo al Río Hudson como mudo testigo de sus destinos; pero Xánath nos quiere dar más, por eso, dentro del continente poético, se suman otras dos lecturas o voces -señaladas en negritas y en cursivas- que potencian, crecen y trifurcan su contenido. El libro se multiplica en brazos como el mismo río. Hudson es tres libros en uno o es incluso más, pues se deja abierta la interacción lúdica de quien lee y se apropia los poemas. El lector tiene un papel fundamental en este poemario, se vuelve protagonista porque siente muy de cerca las palabras pero también lo hace suyo, no sólo siguiendo la propuesta sino buscando y encontrando otras nuevas.

En Hudson, la voz poética de Caraza se vuelve ancestral.  Xanath Caraza hace un homenaje a las elegías griegas y la actualiza mostrándonos una realidad avasallante. Es una travesía, guidada por Caronte, mientras vemos a los espíritus vistos en forma de cantos que se van transformando en gritos de denuncia y es, también, el coro que no permite que olvidemos su mensaje. El Río Hudson se convierte en el Río Aqueronte contemporáneo.

El tiempo se fractura
con la corriente y
Caronte abre los brazos.[1]

De tal forma,  Xánath Caraza transforma sus tres propuestas de lectura antes referidas, en vasos comunicantes, en afluentes mismos del Hudson con sus distintas densidades. Las palabras resaltadas en negritas se transforman en una oda al agua como parte fundamental de la creación, de ahí que sea una suerte de hagiografía de la vida. Las señaladas en cursivas, por su parte, hacen la función de coro dentro de esta la tragedia moderna. La lectura total de los poemas nos confronta con el problema, con la desgracia y el desamparo; es ahí donde la preocupación se transforma en una crítica social y política respecto a trato y lo que enfrentan los migrantes latinoamericanos, no sólo en esa parte del país, sino en todo Estados Unidos. El poemario Hudson se transforma en un enorme espejo que nos muestra una realidad avasallante:

2017, 2018: En el Hudson se ahogan los sueños de quienes se dejan la vida en empleos mal pagados, muchos de ellos, ilegales. El Hudson se lleva la ilusión del migrante, que sin importar sexo o edad, vive continuamente la discriminación por el tono de su piel, por su lugar de procedencia, por su idioma materno. Para muchos de ellos, el Hudson, se transforma en ese recuerdo/pesadilla que creían haber dejado atrás: su cruce por el Río Bravo, en el sur del país al que llamaban, cuando aún se encontraban su lugar de origen,  “el de los sueños”.  Ya desde el nacimiento oficial del río, muestra uno de sus destinos,  Tear of the Clouds – el lago está ubicado en los montes Adirondacks-. Por desgracia, aunque siempre ha sido una realidad palpable con periodos de terrible oscuridad, desde el inicio de la campaña del actual presidente, se ha convertido en una verdad cruenta que agrede a cada paso, que humilla, que se vuelve mortal. Ha vuelto a liberarse el monstruo de las mil cabezas. Recordemos que, al Río Hudson, también lo conocemos como el Río del Norte o el Río Anegado, y forma parte de la frontera entre los estados de Nueva York y de Nueva Jersey. Frontera, aunque interna, cumple su función: divide. El Río Anegado, se ha vuelto el símbolo de quienes anegan los derechos humanos de un enorme sector. Y aunque su tránsito comercial es muy importante, me atrevería a decir que fundamental para la economía del país; no nos permite olvidar que, también, traza una divisoria entre lo que es marginal y lo que no lo es. Aunque su nombre evoca el progreso a través del comercio -debe su nombre a  Henry Hudson un comerciante inglés que trabajaba para Francia y Holanda y que exploró el río en 1609-, sus fuertes mareas hacen que partes del puerto de Nueva York sean difíciles y hasta peligrosas para la navegación. Esas mareas se convierten en un símil con lo que ocurre a nivel social,  pues se humaniza y se integra en la vida cotidiana. El Río del Norte es, para muchos,  un vecino agradable pero, también, a veces, como en invierno cuando los bloques de hielo flotan por sus aguas se convierte en una especie de testigo y, a veces, hasta de border patrol agent. El sonido de sus aguas, su voz, parece interpretar un canto dulce y asimismo, por momentos, un canto tortuoso, desgarrado que nos cuenta sobre el naufragio de los sueños de tantos y tantos.  

Es el dolor de un pueblo
el que se desliza en
la sangre de la tierra.
Acantilados bermejos
contienen la angustia
y las rítmicas palpitaciones.[2]


Xánath Caraza escribe desde la preocupación y el asombro al entrever que, a pesar del movimiento frenético y brillo que parece recubrir a la ciudad de Nueva York, tiene otras rostros, por un lado, el sometimiento de un gran sector de sus ciudadanos que se  que se deja llevar por la inercia y la apatía, que se somete de forma callada y automática a su cotidianidad laboral; otra de ellas, que contrasta con los rascacielos, es la ira enmarcada en el rostro y las acciones de sectores recalcitrantes que han encontrado un impulso en el pensamiento manifiesto de quien gobierna la nación como si fuera Hades.

La ciudad avanza con luces y corazones vacíos.
La oscuridad cubre el refulgente camino,
no queda nada ni siquiera el destello del agua.[3]

La personificación del Río Hudson  es el de ira, su corriente es su sangre, que a veces susurra y otras, grita pero siempre escucha.  La autora, poema a poema, conversa con él, crea un vínculo de comunicación constante, lo convierte en alguien cercano pero también reconoce su poder ancestral:

Fluye, celestial palabra,
agua de río y vida del
vientre de la tierra.[4]

El infierno crece: el pasado mayo, el día 6, se impulsó “Tolerancia cero”, una política que separa a los niños de las familias de migrantes ilegales creada para atemorizar a los llamados Dreamers y tratar así de reducir el flujo migratorio. En sólo 6 semanas, según el Departamento de Seguridad Nacional (DHS, en inglés), se separaron a cerca de 2,000 menores de su familia. Básicamente, “Tolerancia cero”,  consiste en que las familias que llegan a la frontera sur, de forma ilegal provenientes, en su mayoría, de Guatemala, El Salvador y Honduras, sean procesadas en cortes federales criminales. Como los niños no pueden ser retenidos, son reclasificados como “niños sin acompañante” y van a parar a refugios, que en realidad parecen prisiones,  gestionados por el Departamento de Salud y Servicios Humanos.

Trueno apasionado,
el agua y el viento
escarifican la piel de la tierra.
Sangra el silencio,
el agua corre y la tierra
pulsa contenidos deseos.[5]

Fue hasta mediados del mes de junio, cuando la noticia dejó de susurrarse y se mostró al mundo que se horrorizó ante las historias de niños arrancados de los brazos de sus padres y padres que no pudieron saber dónde habían llevado a sus hijos y las imágenes que mostraban a niños llorando aterrorizados mientras eran puestos en jaulas con colchonetas en el piso y con la luz permanentemente encendida. Las imágenes que conmocionaron a la humanidad se vivieron en Texas en un sitio es que conocido popularmente como “la perrera”. Si bien en las noticias, se enfocaron en los denominados refugios ubicados en el sur, estos están distribuidos de costa a costa y de frontera a frontera incluyendo, por supuesto, las áreas cercanas al Hudson. En total existen 86 centros llamados de cuidado infantil en todo el país, de los cuales nueve funcionan como centros de seguridad, tres como centros de terapia para niños con padecimientos psiquiátricos o psicológicos y los otros 74 como refugios temporales. La controversia aumentó tras conocerse una serie de videos que mostraban a niños, incluso de tres años, acudiendo solos a los juzgados a declarar sin siquiera saber lo que es un abogado y sin hablar o comprender el inglés.


La voz de las fábricas,
de metales que cortan
el Hudson, abren las venas,
entierran la dura realidad.

Los poetas están de luto.
La luz del agua se graba
en las yemas para que
la historia no sea olvidada.[6]


La polémica internacional sobre el abuso en contra de los inmigrantes indocumentados, que separaba a los menores de sus padres cuando eran detenidos por las autoridades migratorias, aún continúa en boca de todos pese a que dicha práctica fuera revocada debido a las exigencias nacionales e internacionales. La controversia sigue viva al comparar estas medidas con las ya vividas durante la segunda guerra mundial por los gobiernos fascistas.

No hay rincón de la ciudad
que no escuche venir el fuego.
Se acerca el caos a los edificios,
la angustia de la gente en el aire.
La corriente se llena
de sangrantes metales
y con ella se traga la noche.[7]

Ante tanto dolor, por lo la infancia vejada y herida, por el sufrimiento padecido por las víctimas inocentes, la voz poética de Xánath Caraza lanza una oración para el Hudson, le insta a que, con sus aguas, borre todo este calvario vivido por los inocentes. La autora le pide al río que limpie el mal con sus caudales,  que se establezca como fuente de vida y se lleve consigo las pesadillas para poder cerrar o, mínimo, encapsular, este periodo oscuro y abra paso, de nuevo, a la esperanza:

Medita en este navegar mecánico.
No queda nada,
solo el angustiante ulular del viento
antes de llegar al agua.
Tiemblan las suaves manos
al escribir, son las dueñas de
los pensamientos salvajes,
de la ira de los oprimidos.
Agua del Hudson:
despierta y desenraiza
el dolor: las pesadillas
de niñez que se hacen realidad.[8]


[1] Caraza, Xánath. Hudson. Traducción: Sandra Kingery. Editorial Nazarí. España, 2018. pp: 16.
[2] Op. cit. pp: 32
[3] Op. cit. pp: 26
[4] Op. cit. pp: 24
[5] Op. cit. pp: 38
[6] Op. cit. pp: 36
[7] Op. cit. pp: 40

sábado, 2 de septiembre de 2017

Cuando todo se tiñe de rojo




Semblanza literaria sobre Lágrima Roja de Xánath Caraza

Xóchitl Salinas Martínez

No quiero que se

desvanezcan en la memoria.

Vuelen mujeres en el tiempo.

Que sus voces se oigan.”

Xánath Caraza

Una gran lágrima roja ensucia las nubes blancas y mancha el azul del cielo. El paisaje de México se ha transformado porque llora a sus hijas brutalmente asesinadas mientras su tierra absorbe toda la sangre. De pronto, lo que, en las últimas décadas del Siglo XX, impactó nuestro panorama y nos incluyó dentro de lo que parecía una de las más cruentas películas de terror nunca antes visto, la realidad nos alcanzó, nos rodeó, estamos cercadas, envueltas en una espiral de violencia que parece no tener fin, al menos, no pronto. Sí, aunque sea difícil de aceptar, es real: en el México del Siglo XXI son secuestradas, torturadas, vejadas, desaparecidas y asesinadas sus mujeres. ¿La razón? El simple hecho de ser mujeres.

México se define por sus hechos. Nuestro presente está grabado en la historia con violencia. El dolor por lo las muertas de Juárez, por lo ocurrido en Ayotzinapa, por las fosas clandestinas en Veracruz, por ejemplo, es un dolor que trasciende fronteras e idiomas. ¿Dónde están los 43?, ¿dónde están las mujeres que desaparecen, diariamente, en nuestro país?, ¿por qué siguen apareciendo muertas en el desierto de Chihuahua?, ¿hasta cuándo?  El silencio que recibimos como respuesta es brutal. Es una herida más que continúa sangrando, formando un río con varios cauces. Vivimos en, con, entre la violencia. Todos los días suceden hechos terribles que nos salpican estupor, dolor, angustia y desamparo. En Veracruz, a pesar de que respiramos esta violencia cotidiana, no nos acostumbramos. Desgarro, eso es lo que sentimos, todos los días cuando miramos el infierno tan cerca.

Ante esta terrible realidad que nos abofetea diariamente, la poeta xalapeña, Xánath Caraza no pudo guardar silencio; comprometida como está con su tierra, la autora apuesta por la memoria. Caraza presta su voz a todas estas mujeres inmoladas, transforma sus versos en gritos que estallan la garganta y que intenta cubrir con su rebozo rojo poético. Es, a través de su nuevo libro Lágrima Roja, publicado por la editorial española Nazarí, que plasma toda esta vertiente de dolor. Días difíciles para México. Cuando parece que nada nos puede salvar de la violencia y la inseguridad que padecemos a diario, la poesía se convierte en la manera de poder expresarnos, apropiándonos de las palabras, seguimos manteniendo ese lazo humano. Xánath Caraza, con su escritura, se ha convertido en nuestra voz.

Asimismo, si bien, plasma algunas de las terribles circunstancias en las que está sumergido el país que la vio nacer, Caraza mira más allá, mira a la humanidad entera. Desde la premisa, todo lo que pasa en el resto del mundo, tiene que ver conmigo y nos ocurren a todos, Xánath nos habla desde lo que ocurre en Xalapa, México, así como en Orlando, USA, en Siria, en Japón con Fukushima; las preocupaciones son muchas y, como dijo Thomas Carlyle, “puede decirse que el grito de la historia nace con nosotros y que es uno de nuestros dones más importantes. En cierto sentido somos históricos todos los hombres.”

Por si fuera poco alzar la voz, con indignación y aflicción, ante el abrojo que representan estos terroríficos hechos que hieren nuestras vidas, Xánath Caraza se solidariza y se hermana con las víctimas, con sus familias, con las causas y, por supuesto, con todos nosotros que nos hemos convertido sin querer, irremediablemente, en testigos de esta violencia  cotidiana.

Xánath, a través de sus versos, señala la herida pero también ofrece la cura de la palabra, el alivio de saber que la memoria perpetuará los recuerdos, la esperanza de saber que el agua limpia, purifica y sana. Lágrima roja es un grito que dice “¡basta, esto tiene que parar!”, es también, el poemario que nos acoge, a todos, como hermanos, que nos ofrece un testimonio abrasador sobre cómo nos sentimos en este momento histórico, sobre nuestra herida, sobre la lágrima roja que cada uno de nosotros ha derramado, más de una vez, una lágrima de sangre, por tanta vida que nos ha sido arrebatada.

“Canta, justicia divina,

manifiéstate entre nosotros,

salva a tus hijas.

Allá, acá,

cerca y lejos,

dentro y fuera es

donde te necesitamos.

No más muertes de mujeres inocentes.

No más muerte de gente con hambre.

No más niños huyendo de la muerte.

No más mujeres desaparecidas.

No más padres tragados por la oscuridad”.


Xánath Caraza


viernes, 27 de enero de 2017

De fronteras y puentes




Salmo
Wislawa Szymborska


Las fronteras de las naciones humanas ¡qué permeables son!
¡Cuántas nubes pasan impunemente flotando sobre ellas,
cuánta arena del desierto se desliza de uno a otro país,
cuántas piedras ruedan
desde las montañas hasta los dominios ajenos
con botes desafiantes!
¿He de mencionar aquí los pájaros que vuelan
uno tras otro
y se posan en las barreras bajadas?
Incluso si fuera sólo un gorrión,
ya tiene allí la cola,
mas su pico permanece aquí.
Además ¡nunca se queda quieto!
Entre los innúmeros insectos me limitaré a la hormiga,
que entre las botas derecha e izquierda del guardia
a la pregunta: de dónde, a dónde
-no se siente obligado a contestar-.
¡Ah, mirad con atención
todo este desorden a la vez
por todos los continentes!
¿Acaso no es la alheña la que desde la orilla opuesta
pasa de contrabando su cienmilésima hoja?
¿Y quién si no el calamar
de osados y largos tentáculos
viola la sagrada zona de la aguas territoriales?
¿Cómo se puede hablar en general de orden alguno,
si ni siquiera es posible repartirse las estrellas
para saber cuál brilla para quién?
¡Y que aún el reprobable expandirse de las nieblas!
¡Y del polen, por toda la superficie de la estepa,
como si no estuviera bien partida en dos!
¡Y el resonar de las voces por las serviciales ondas del aire:
gritos que llaman y gorgojos llenos de significado!
Sólo lo humano logra ser verdaderamente ajeno.
Lo demás son bosques entremezclados, obras de topo y viento.


***



Yo nací para cruzar puentes
Maliyel Beverido


Hay quienes se alojan en su sombra
y quienes se arrojan por su borda;
yo nací para cruzarlos,
para mirar cómo se acerca la otra orilla
con ese vértigo hecho de paz y asombro.
Yo nací para cruzar puentes.
Podría permanecer como la hierba del prado,
como la gravilla ribereña,
como un arbusto más del soto,
como un álamo que aguarda,
al margen de la calle transitada,
a que un rodar se interrumpa y cuente
cómo es de donde viene.
Podría quedarme dócilmente aquí,
donde he nacido, hasta morirme.
Pero no quiero.

Podría también dar ojeadas sediciosas
a otros que se van y vuelven,
o no.
Pero no quiero:
Yo lo que quiero es cruzar puentes.

Cruzar un puente es dejar un mundo
sin renunciar a él.

Podría atravezar el aire en vuelo
como una espora vegetal,
como un ave -de sangre o de aceite-
como una bala de cañón,
saltar de un punto a otro del planeta
y avistar desde lo alto
el fondo de los acantilados y los arroyos
sin mojarme los pies.
Pero no quiero;
Yo nací para cruzar puentes.
Nací para dar un paso tras otro
sobre un entarimado que se construye al tiempo que ando
en una prolongación del suelo.
Tomar la barandilla,
estirar los brazos como un funámbulo
o esconder las manos en los bolsillos del saco.
Marchar, marchar
Observar a los costados,
o sólo hacia delante, o hacia atrás, o avanzar a ciegas.

Cruzar un puente es acercarse a un mundo
sin ampararse de él.

Yo nací para cruzar puentes;
los vetustos, los hechizos, los modernos.
Mohosas celosías de metal,
troncos derribados,
estructuras de hormigón,
esmerados cúmulos de piedra.

Un puente es ambas caras de una moneda en el aire,
la joroba de un camello de dos cabezas,
la mano que el espejo tiende,
una fracción de Moebius,
y no existe vueltra atrás.
El anhelo lleva al otro lado,
siempre al otro lado.

Siempre es domingo sobre el puente.

Hay millones de puentes que me esperan.
Yo nací para cruzar puentes;
alguien ha estado construyendo puentes
desde el principio de los tiempos para mí,
para que yo me eche a recorrelos.
De madera de acero de piedra,
colgantes levadizos suspendidos,
de viga en arco atirantados,
puentes viaductos pasarelas.

Puentes para unir tierra con tierra,
puentes para los pies, de los pies a la cabeza.
Al otro lado un contraluz, una sombra, una figura,
un susurro quizá, seguramente una palabra
que me invita
al otro lado que soy yo misma.

Yo nací para cruzar puentes.

Y cada mañana me levanto
como un puente

para que el día me atraviese.