Macanudo de Liniers

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"¿Y si no fuésemos otra cosa que los brazos de una voz?" Decir. Maliyel Beverido
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jueves, 2 de agosto de 2018

Nuestros niños




Foto tomada de Internet. USA, Mayo, 2018


Nuestros niños


Xánath Caraza


Si es uno, diez mil

o mil quinientos los perdidos,

el dolor es el mismo,

la indignación aún mayor.



No hay canciones de cuna

a quien susurrar por las noches,

las camas están vacías.



Ni a quien cobijar en las tardes frías,

las casas están incompletas.

No hay fuego en el hogar.



Una generación adolorida.

No hay cuerpos que abrazar.



Niño mío, en la oscuridad te vislumbro.

Niña mía, en las garras de la maldad estás.



¿Cómo alcanzar tus pequeñas manos?

¿Cómo calmar tu sed?

¿Cómo sentir tu aroma?

¿Cómo escuchar tu dulce voz?



¿Quién consolará tu hermosa alma?

¿Tendrás qué comer?

¿Quién dirá tu nombre con ternura?

¿Quién rezará por ti con amor?



Y, ¿en las noches de tormenta?



Niño mío, niña mía,



¿Cómo sabrás que sigo junto a ti?



*Atenas, Grecia, 13 de junio de 2018.

Foto tomada de Internet. USA, Mayo, 2018


Foto tomada de Internet. USA, Mayo, 2018.













Los registros Federales de Estados Unidos confirman que están en funciones 86
centros llamados "Centros de cuidado infantil".



lunes, 23 de julio de 2018

Ecos de la memoria




La última cintura


Después de años de planos trazados a la perfección,

mi madre terminó remendando ropa ajena.

Un día llegó Juan con su leucemia.

Trajo pantalones para achicar. Estaba perdiendo peso.

Cada vez que venía, yo me tapaba la boca.

Quería arrojarme sobre su cuerpo.

Cinco pantalones reducidos para las cinco versiones

de su cintura. Juan, eras blanco cal,

la luz desperdiciada en la dimensión de tus ojos,

tus labios como si toda tu sangre se congregara allí.

La última vez que te vi trajiste el sexto pantalón

y lo destrocé sollozando hasta quedarme dormida.

A la mañana siguiente encontré a mi madre

con los ojos cristalizados, detrás de la máquina de coser,

iluminada por los débiles rayos del sol.

Al lado de toda esa ropa arrugada, indecente, sin dueño.

*

Un día se inició el olvido




Las partículas de tu rostro

comenzaron a desintegrarse.

Ahora todos los hombres

te retienen en sus rasgos.

Tus gorros roídos por las polillas

y los guantes deformes

por la ausencia de manos.

Un día todos los hombres

que caminaban bajo la lluvia

estuvieron hechos

a la medida de tu cuerpo.

Ya no recuerdo cuán ancha la espalda

o cuán suave la tela del abrigo,

un día el olvido comenzó,

estaba sola en el andén

y las puertas del vagón

se cerraban y se abrían

como si ingresara

una multitud de fantasmas.

La luz de la luna oscilaba

como un farol y las estrellas

parecían colmillos

de un animal al acecho.

Cesaron mi infancia y tu vejez

pero tu voz no,

campana indestructible,

trina en mi sien,

enferma de misterio.
*


Doma




¿Qué hacen los hombres de mi pasado,

qué ciudades destruyen? Cuando un caballo sin jinete

atraviesa el campo, veo en su mirada que lo han domado.

¿Qué hacen lejos de mí? ¿Y por qué los busco

en los ojos de los animales?



 *

La piel no se renueva


Enamorada y sola

voy a arrancar mi corazón

de la lluvia

y lo voy a nutrir 

*

La piel no se renueva, recuerda.

Es corteza de un árbol tatuado con una navaja

o el caparazón de un grillo que se raspó contra la amapola.

Soy un sol blanco que rueda por el desierto,

y los hombres me miran cubriéndose la cara.


*

Lloramos para interrumpir

el desierto de los ojos
así como indagamos la vida
para descansar de la muerte.
Los recuerdos que oculto

terminarán aullando.

*

¿Madre, te acuerdas de los niños

que lanzaban piedras a nuestra casa?

¿Por qué no les dijiste que sus sueños

caerían con más violencia? 

*

Soy el bolsillo expuesto de mi cuerpo.

Los días como una tijera.

Despierto y digo en voz alta la oración

de mi abuela analfabeta

y corto el miedo con mi lengua.


 *

Chernóbil 


Hay días blancos y días negros,

antes de mi nacimiento un día negro explotó,

y mi abuelo no vio más colores. Los sobrevivientes

pudieron escribir su nombre en la ceniza y volver

a la oscuridad del hogar.




*Nacida en Gómel (Bielorrusia) en 1986, Natalia Litvinova es poeta, editora y traductora. Ha publicado Esteparia, Balbuceo de la noche, Grieta, Rocío animal, Todo ajeno, Cuerpos textualizados, Cesto de trenzas y está por presentar su más reciente poemario Siguiente vitalidad.

 Junto con Javier Galarza. Compiló y tradujo las antologías El ruido de la existencia (2013) de los poetas rusos Vladislav Jodasevich y Serguéi Esénin; y El espejo equivocado (2013) de Cherubina de Gabriak. Actualmente imparte talleres presenciales y virtuales acerca de la historia de la poesía y la producción de textos. 

viernes, 27 de enero de 2017

De fronteras y puentes




Salmo
Wislawa Szymborska


Las fronteras de las naciones humanas ¡qué permeables son!
¡Cuántas nubes pasan impunemente flotando sobre ellas,
cuánta arena del desierto se desliza de uno a otro país,
cuántas piedras ruedan
desde las montañas hasta los dominios ajenos
con botes desafiantes!
¿He de mencionar aquí los pájaros que vuelan
uno tras otro
y se posan en las barreras bajadas?
Incluso si fuera sólo un gorrión,
ya tiene allí la cola,
mas su pico permanece aquí.
Además ¡nunca se queda quieto!
Entre los innúmeros insectos me limitaré a la hormiga,
que entre las botas derecha e izquierda del guardia
a la pregunta: de dónde, a dónde
-no se siente obligado a contestar-.
¡Ah, mirad con atención
todo este desorden a la vez
por todos los continentes!
¿Acaso no es la alheña la que desde la orilla opuesta
pasa de contrabando su cienmilésima hoja?
¿Y quién si no el calamar
de osados y largos tentáculos
viola la sagrada zona de la aguas territoriales?
¿Cómo se puede hablar en general de orden alguno,
si ni siquiera es posible repartirse las estrellas
para saber cuál brilla para quién?
¡Y que aún el reprobable expandirse de las nieblas!
¡Y del polen, por toda la superficie de la estepa,
como si no estuviera bien partida en dos!
¡Y el resonar de las voces por las serviciales ondas del aire:
gritos que llaman y gorgojos llenos de significado!
Sólo lo humano logra ser verdaderamente ajeno.
Lo demás son bosques entremezclados, obras de topo y viento.


***



Yo nací para cruzar puentes
Maliyel Beverido


Hay quienes se alojan en su sombra
y quienes se arrojan por su borda;
yo nací para cruzarlos,
para mirar cómo se acerca la otra orilla
con ese vértigo hecho de paz y asombro.
Yo nací para cruzar puentes.
Podría permanecer como la hierba del prado,
como la gravilla ribereña,
como un arbusto más del soto,
como un álamo que aguarda,
al margen de la calle transitada,
a que un rodar se interrumpa y cuente
cómo es de donde viene.
Podría quedarme dócilmente aquí,
donde he nacido, hasta morirme.
Pero no quiero.

Podría también dar ojeadas sediciosas
a otros que se van y vuelven,
o no.
Pero no quiero:
Yo lo que quiero es cruzar puentes.

Cruzar un puente es dejar un mundo
sin renunciar a él.

Podría atravezar el aire en vuelo
como una espora vegetal,
como un ave -de sangre o de aceite-
como una bala de cañón,
saltar de un punto a otro del planeta
y avistar desde lo alto
el fondo de los acantilados y los arroyos
sin mojarme los pies.
Pero no quiero;
Yo nací para cruzar puentes.
Nací para dar un paso tras otro
sobre un entarimado que se construye al tiempo que ando
en una prolongación del suelo.
Tomar la barandilla,
estirar los brazos como un funámbulo
o esconder las manos en los bolsillos del saco.
Marchar, marchar
Observar a los costados,
o sólo hacia delante, o hacia atrás, o avanzar a ciegas.

Cruzar un puente es acercarse a un mundo
sin ampararse de él.

Yo nací para cruzar puentes;
los vetustos, los hechizos, los modernos.
Mohosas celosías de metal,
troncos derribados,
estructuras de hormigón,
esmerados cúmulos de piedra.

Un puente es ambas caras de una moneda en el aire,
la joroba de un camello de dos cabezas,
la mano que el espejo tiende,
una fracción de Moebius,
y no existe vueltra atrás.
El anhelo lleva al otro lado,
siempre al otro lado.

Siempre es domingo sobre el puente.

Hay millones de puentes que me esperan.
Yo nací para cruzar puentes;
alguien ha estado construyendo puentes
desde el principio de los tiempos para mí,
para que yo me eche a recorrelos.
De madera de acero de piedra,
colgantes levadizos suspendidos,
de viga en arco atirantados,
puentes viaductos pasarelas.

Puentes para unir tierra con tierra,
puentes para los pies, de los pies a la cabeza.
Al otro lado un contraluz, una sombra, una figura,
un susurro quizá, seguramente una palabra
que me invita
al otro lado que soy yo misma.

Yo nací para cruzar puentes.

Y cada mañana me levanto
como un puente

para que el día me atraviese.