Macanudo de Liniers

Macanudo de Liniers
"¿Y si no fuésemos otra cosa que los brazos de una voz?" Decir. Maliyel Beverido

sábado, 23 de abril de 2016

¿Por qué escriben los que escriben?



¿Por qué escribimos?

Para entender. Para amar. Para que nos quieran. Para saber. Por necesidad. Por dinero. Por costumbre. Para vivir otras vidas y revivir la propia. Para dar testimonio. Cincuenta escritores tratan de contestar esta pregunta incómoda.

Jesús Ruiz Mantilla

Algunos llegaron a la literatura por vocación, por el placer de la lectura y para emular a los autores que admiraban. Ahora crean por necesidad vital, o simplemente lo hacen por dinero. Autores de renombre revelan los motivos por los que dedican sus vidas a la escritura.
Más notas para entender este tema.
Una pregunta muy complicada.

En el principio fue el verbo... Así lo recoge San Juan en su Evangelio. La palabra que conforma el mundo, el nombre que lo explica todo. Puede que no fuera tal, puede que antes del verbo existieran cielos, mares, noche, día, estrellas, firmamento. Pero si nadie sabía cómo nombrarlos, no eran nada, absolutamente nada. Así que al principio fue el verbo, como bien dejó escrito Juan. Y a ese verbo bíblico lo siguieron la épica de Homero, la intemperie y el poder de los dioses, el amor y la guerra que nos relata la Ilíada y, después, el delirio del Quijote, y luego, la soledad de Macondo.

Puede que después de episodios narrados como aquéllos no hiciera falta nada más. Pero a los clásicos, que montaron todos los cimientos del templo, siguieron más generaciones -"el eslabón en la cadena ininterrumpida de la tradición", de la que alerta Enrique Vila-Matas-, algunas nuevas preguntas para cada era, nuevos problemas y, por lo tanto, conceptos nuevos, palabras nuevas. Detrás de su registro se escondía un escritor. ¿Por qué?

¿Por qué escribir? ¿Para qué nombrar? ¿Para qué contar? Para entender. Para amar y que te amen. Para saber, para conocer. Por miedo, por necesidad, por dinero. Para sobrevivir, porque no todo el mundo sabe bailar el tango, ni jugar bien al fútbol. Por costumbre, para matar la costumbre, por vivir otras vidas y revivir la propia. Por dar testimonio, porque no se sabe escribir bien, confiesa John Banville. Porque leyeron, padecieron y miraron cara a cara a la muerte.

Porque el verbo provoca desasosiego en Nélida Piñón; porque no se elige, como un amor, añade Amélie Nothomb. Por ser el masoquista que uno lleva dentro, aduce Wole Soyinka; por los arroyos y los torrentes de los libros leídos, cuenta Fernando Iwasaki; como forma de existencia, según Elvira Lindo. "Una manera de vivir", dice Vargas Llosa, parafraseando a Flaubert. Para sentirse vivo y muerto, proclama Fernando Royuela. Igual que uno respira, suelta entre interrogaciones Carlos Fuentes. O para sobrevivir a ese fin, "a la necesaria muerte que me nombra cada día", testimonia Jorge Semprún.

La escritura es dolor y placer. Como el cuento, como la retórica aristotélica, se arma, se aprende. Principio y fin. Antes que nada vino el verbo, lo deja claro San Juan. También lo sabía Kafka. Pero el escritor checo pregunta: "¿Y al final?". Quizás silencio, como interpreta sobre su obra George Steiner, con buen tino, oliéndose el apocalipsis de la destrucción europea.

Como testimonio también se mete uno entre papeles. Se escribe por el mismo motivo por el que Ana Frank comenzó a organizar su diario. O por el que la poeta rusa Anna Ajmatova, cuando se pasó 17 meses en las filas de las cárceles de Leningrado para ver a su hijo, respondió a una mujer que la reconoció y le preguntó si podría describir aquello que sí, que lo haría. "Entonces -dice Anna en Réquiem -, una especie de sonrisa se deslizó por lo que alguna vez había sido su rostro." Eso fue suficiente motivo. La emoción de la verdad, la justicia de dejar constancia. Para que otros quizás lo aplicaran a su presente, para que no se repitiera.

Pero Anna Ajmatova confesó, además, que escribía por sentir un vínculo con el tiempo. También se lo hizo por amor, por miedo al amor, por desgarro. En honor a las musas, como Shakespeare, "ese goloso de las palabras", a juicio de Steiner, en sus sonetos: "Mi musa por educación se muerde la lengua y calla mientras se compilan/ elogios que te visten de oropeles/ y frases que las otras musas liman". Una pieza que termina con toda una declaración de intenciones y una respuesta al gran asunto de la escritura: "Si a otros por sus dichos los respetas/ a mí, por lo que pienso, que es mi letra".

Al principio fue el verbo. Pero Cervantes y Shakespeare lo enaltecieron, lo igualaron a la medida de Dios. Porque exploraron todos los delirios y las pasiones de sus criaturas. ¿Por qué escribir? Para emularlos, sin más. Podría ser. "Para parecerme a Espronceda", como suelta Caballero Bonald. Escribir porque se medita, como Descartes, como Chesterton, cuya obra nos envuelve en una paradoja sin fin. Para adentrarse en los laberintos y no necesariamente querer salir de ellos, como Borges. "Porque estamos aquí, pero querríamos estar allí", dice Antonio Tabucchi. Por emular la infancia, cuando la niña Almudena Grandes enmendaba la plana a los finales que no le gustaban. Por volver a inventar historias de indios, vaqueros y pitufos, dice David Safier. Porque a la hora de hacerlo, "disfrutar es una palabra que se queda corta", confiesa Ken Follet.

Para fijar la memoria, una forma de "hacer surgir los recuerdos y las imágenes", cuenta Álvaro Pombo. Para volver a vidas anteriores, a las lecturas y los tumbos que cada uno lleva en la mochila, según Arturo Pérez-Reverte. Como vicio solitario, describe Héctor Abad Faciolince. Porque uno no se encuentra bien, asegura Juan José Millás. Por afición o por aflicción, dice Gonzalo Hidalgo Bayal. O porque le gustaban las redacciones en el colegio, como descubrió Antonio Muñoz Molina. Y hasta hoy.

La palabra es agua y cada historia, el río que las lleva. El escritor es quien domina la corriente, como hicieron Balzac, Dostoyevski, Dickens, Galdós, Clarín, Flaubert, Tolstoi, que siguió la estela épica de Homero como nadie. O el que va contra la corriente, como Marcel Proust, James Joyce, Valle-Inclán. Sin dudas, hay que enfrentarse a ello, como dice Josep Pla en su Diccionario de Literatura , "con temperamento". O con el empeño de conocerse, a la manera de Montaigne y los grandes memorialistas posteriores del siglo XVIII. Entre la verdad y la exageración, pero con talento, como Casanova.

El juego, la tortura de la palabra, también es lícito. Pero eso es más cometido de los poetas, como admitía Jaime Gil de Biedma. Para él, escribir era "erosionar el idioma en la forma en que el idioma lo admite". Es decir, maltratar el verbo, fustigarlo, estrangularlo. Pero para resucitarlo después, como el Evangelio. A lo largo de la historia, el escritor ha visto crecer Babel y ha contribuido a entenderla. Pero hubo también un tiempo, en el siglo XX, que lo aniquiló, que se arrojó al apocalipsis, con la Segunda Guerra Mundial. Disfrutemos en esta nueva era. Todos los motivos, todas las respuestas que se les ocurran a quienes deben contar nuestra historia son válidos.



Héctor Abad Faciolince: Porque mi cerebro se comunica mejor con mis manos que con la lengua. Porque me odio menos escribiendo que hablando. Por un ameno vicio solitario.

John Banville: Escribo porque no sé escribir. Un periodista le preguntó a Gore Vidal por qué había escrito Myra Breckinridge , a lo que contestó: "´Porque no estaba ahí"´. Fue una buena respuesta. Poner algo nuevo en el mundo es un privilegio que no se le concede a mucha gente.

Felipe Benítez Reyes: No sé por qué escribo, ni tampoco tengo demasiado interés en saberlo. En este caso, me preocupa más el cómo que el porqué. La pregunta me parece ociosa, de modo que cualquier respuesta posible no pasaría de ser una pirueta truculenta en el vacío. Aunque -quién sabe- a lo mejor escribe uno para eso: para obtener respuestas sin el requisito de una pregunta previa y, sobre todo, para ensayar piruetas truculentas en el vacío, que es un territorio literario bastante fértil.

John Boyne: Escribo porque las historias entran en mi mente y me niego a irme hasta que no escribo 26 letras en el teclado y las envío a una pantalla ante mis ojos. Escribo por Charles Dickens. Y por George Orwell. Y John Irving. Y Colm Tóibín. Escribo porque me encanta la sensación de tener un libro en mis manos y un libro en mi cabeza. Escribo porque me encantan las palabras. Escribo porque leo. Escribo porque siempre quiero saber qué ocurrirá a continuación.

José Manuel Caballero Bonald: Empecé a escribir porque quería parecerme a Espronceda. Un día encontré en mi casa familiar una biografía del poeta y quedé fascinado por alguien que murió con 33 años y había vivido grandes aventuras: fundó una sociedad secreta, sufrió persecuciones y cárceles, anduvo exiliado en Lisboa y Londres, combatió en las barricadas de París, fue diputado, vivió amores difíciles, luchó heroicamente contra el absolutismo, etcétera. Pues bien: como yo no podía emular a Espronceda en tantas y tan singulares hazañas, elegí lo que me resultaba más factible: ejercer de insumiso y escribir poesía.



Andrea Camilleri: Escribo porque siempre es mejor que descargar cajas en el mercado central. Escribo porque no sé hacer otra cosa. Escribo porque después puedo dedicar los libros a mis nietos. Escribo porque así me acuerdo de todas las personas a las que tanto he querido. Escribo porque me gusta contarme historias. Escribo porque me gusta contar historias. Escribo porque al final puedo tomarme mi cerveza. Escribo para devolver algo de todo lo que he leído.

Luisa Castro: La escritura para mí es una rendición. Escribo para conocer relatos que me cuento a mí misma. No me siento dueña de mis relatos, tienen vida propia, son autónomos y más poderosos que yo. No me identifico con ellos, no comparto sus ideas, ni su visión del mundo. Se producen en mi cabeza sin mi permiso, y cuando los suelto, es porque me han vencido.

Lucía Etxebarria: Para que me quieran más. Porque cada vez que alguien me dice: "Tus libros me han ayudado mucho, por favor sigue escribiendo", me da una razón para hacerlo. Porque al colocar a personajes en situaciones que simbólicamente pueden representar aspectos de mi vida y conseguir que salgan airosos de ellas, de alguna forma me salvo a mí. Porque siempre lo he hecho, porque es natural en mí, y porque es de las cosas que mejor hago, amén de dibujar, cocinar, hacer el amor y organizar fiestas. Escribo por amor, publico por dinero. Por esa razón, no publico ni la mitad de lo que escribo.

Umberto Eco: Porque me gusta.

Ken Follet: Disfruto escribiendo, pero "disfrutar" es una palabra que se queda corta. El acto de escribir me apasiona. Todo forma parte del reto de hechizar a mis lectores. Mi trabajo me absorbe de forma total.

Carlos Fuentes: ¿Por qué respiro?



Almudena Grandes: Cuando era pequeña y leía un libro que me gustaba mucho, me inventaba a solas, para mí sola, otro final, la continuación que su autor no había querido escribir. Todavía ahora, cuando no puedo dormir, me cuento historias, las pienso, las repaso, las describo en silencio, con los ojos cerrados, hasta que me quedo dormida.

Mark Haddon: Ficción, poesía, teatro, pintura, dibujo, fotografía... en realidad eso no importa. Un día que no consigo hacer alguna cosa, por pequeña que sea, me parece un día desperdiciado. A veces puede parecer una bendición ser así, saber con tanta certeza lo que quiero hacer, pero a menudo es un sufrimiento, porque saber lo que quieres no es lo mismo que saber cómo hacerlo. ¿Por qué escribo? La única respuesta es "porque no puedo hacer otra cosa".

Gonzalo Hidalgo Bayal: "Por afición, por aflicción", escribí alguna vez. Por afición, porque es inclinación, necesidad, perseverancia y distracción. Por aflicción, porque sólo el dolor y sus numerosas circunstancias proporcionan suficiente materia literaria. En la afición se centra la relación con el lenguaje, que es, cuanto más intensa, más grata y divertida. La aflicción obliga, en cambio, a la búsqueda del sentido, si es que algún sentido tienen las desventuras de los hombres.

Fernando Iwasaki: Escribo porque es el más poderoso acto libertario que conozco. Escribo porque el hechizo de la literatura es fulminante y a mí me hace ilusión ser aprendiz de aquellas magias. Escribo porque mis padres y mis hijos se alegran cada vez que alguien les cuenta que ha leído algo mío. Escribo porque contar historias es el oficio más antiguo del mundo. Escribo porque dedico todos los libros de ficción a mi mujer y así -mientras siga escribiendo- ella sabrá que la sigo queriendo.

Use Lahoz: Escribo para reflexionar y pensar y darle vueltas a la vida de personajes siempre más interesantes que la mía. Y disfrutar del placer de la ficción, que es adictivo y que, como la realidad, no tiene límites. Escribo por supuesto para combatir el aburrimiento y pasarlo en grande. Para un escritor vivir, fundamentalmente, es escribir. Escribo para estar en paz conmigo mismo, por aquello que decía Machado de "yo vivo en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas". Escribo porque conmueve y perdura, cada novela es la primera. Además es bastante barato. En fin: escribo porque aprendo, y así, a veces, parece que sigo estudiando.


Donna Leon: Al principio escribía para ver si podía hacerlo. Resultó que escribir un libro era muy divertido. Y por eso ahora, después de 20 años y de 20 libros, lo hago porque es divertido. Los personajes hacen lo que les digo que hagan; la realidad se puede cambiar para adaptarla a mis necesidades; si alguien muere, lo puedo resucitar al día siguiente. Supongo que también hay un elemento de vanidad. En una cena, todos queremos que presten atención a nuestras ideas, ¿no es cierto? Pero los buenos modales mandan que compartamos la conversación con los demás. Pero en un libro, nuestro libro, nosotros los escritores podemos seguir -bla, bla, bla- sin parar, y nunca tenemos que interrumpirnos para dejar hablar a nadie más.

Elvira Lindo: Escribo desde los nueve años. Desde muy joven empezaron a pagarme en la radio por guiones, cuentos y sketches . A los 31 años comencé a escribir libros. Pensé que escribir era mi oficio hasta que me di cuenta de que se trataba de algo más. Es un oficio pero también una forma de vida. No sabría vivir sin escribir. Todo lo que hago al cabo del día, lo que veo y escucho, lo que me provoca asombro, alegría o desdicha es material para ser contado. Y esa actitud vital, la de formar parte de la comedia humana pero la de ser también espectadora de ella, ese estar fuera y dentro a la vez, me ayuda a asimilar la experiencia de una manera enriquecedora. Escribo todos los días. Cuando no escribo, me siento una inútil, así que he llegado a una conclusión radical: nunca podré dejarlo. No sé hacer otra cosa, no sabría vivir de otra manera.

Alberto Manguel: Porque no sé bailar el tango, tocar un instrumento musical como la celesta o el glockenspiel, resolver problemas de matemáticas superiores, correr una maratón en Nueva York, trazar las órbitas de los planetas, escalar montañas, jugar al fútbol, jugar al rugby, excavar ruinas arqueológicas en Guatemala, descifrar códigos secretos, rezar como un monje tibetano, cruzar el Atlántico en solitario, hacer carpintería, construir una cabaña en Algonquin Park, conducir un avión a reacción, hacer surf, jugar a complejos videojuegos, resolver crucigramas, jugar al ajedrez, hacer costura, traducir del árabe y del griego, realizar la ceremonia del té, descuartizar un cerdo, ser corredor de Bolsa en Hong Kong, plantar orquídeas, cosechar cebada, hacer la danza del vientre, patinar, conversar en el lenguaje de los sordomudos, recitar el Corán de memoria, actuar en un teatro, volar en dirigible, ser cineasta y hacer una película en blanco y negro, absolutamente realista, de Alicia en el País de las Maravillas , hacerme pasar por un banquero respetable y estafar a miles de personas, deleitarme con un plato de tripas à la mode de Caën , hacer vino, ser médico y viajar a un lugar devastado por la guerra y tratar con gente que ha perdido un brazo, una pierna, una casa, un hijo, organizar una misión diplomática para resolver el problema del Medio Oriente, salvar náufragos, dedicar treinta años al estudio de la paleografía sánscrita, restaurar cuadros venecianos, ser orfebre, dar saltos mortales con o sin red, silbar, decir por qué escribo.

Javier Marías: Escribo para no tener jefe ni verme obligado a madrugar. También porque no hay muchas más cosas que sepa hacer, y lo prefiero y me divierte más que traducir o dar clases, que al parecer sí sé hacer. O sabía, son actividades del pasado. También escribo para no deberle casi nada a casi nadie ni tener que saludar a quienes no deseo saludar. Porque creo que pienso mejor mientras estoy ante la máquina que en cualquier otro lugar y circunstancia. Escribo novelas porque la ficción tiene la facultad de enseñarnos lo que no conocemos y lo que no se da, como dice un personaje de la novela que acabo de terminar. Y porque lo imaginario ayuda mucho a comprender lo que sí nos ocurre, eso que suele llamarse "lo real". Lo que no hago es escribir por necesidad. Podría pasarme años tan tranquilo, sin escribir una línea. Pero en algo hay que ocupar el tiempo, y algún dinero hay que ganar. También escribo para eso.

Luisgé Martín: Cuando escucho a algún escritor explicar las razones por las que escribe, pienso que yo también comparto esas razones. Todas. Me siento como un compendio, como uno de esos hipocondríacos que encuentran en sí mismos todos los síntomas de los que oyen hablar. Escribo como terapia psíquica, para ordenar el mundo y comprenderlo, para vivir vidas que no he podido vivir. Pero hace poco, leyendo el discurso de Pamuk en la Academia Sueca cuando recibió el Nobel, encontré una razón que nunca había escuchado así formulada y que me parece formidable: "Escribo porque puede que así comprenda la razón por la que estoy tan, tan enfadado con ustedes, con todo el mundo".


Luis Mateo Díez: Escribo para disimular la incapacidad de hacer cualquier otra cosa. Escribir no sólo me entretiene, también me apasiona y me hace sentir dueño de algo que se contrapone en mi existencia a una cierta inclinación de inutilidad. Los días en que me quedo satisfecho con lo que acabo de escribir tengo la convicción de no haber perdido el tiempo.

Eduardo Mendicutti: También a mí, como a Vargas Llosa, me dicen montones de veces que lo único que sé hacer es escribir. A lo mejor por eso acabarán dándome el Nobel. Para todo lo demás, estoy convencido, soy un desastre: para poner ladrillos, para cultivar tomates, para imponer el orden, para correr a pie o en bicicleta, aunque sea dopado, para condenar a delincuentes -con lo que a mí me gustan algunos delincuentes- sin que se me parta el corazón, o para defenderlos sin contagiarme... Cierto que, desde hace 30 años, soy bastante bueno como secretario general de una patronal de empresas consultoras, pero con algo tengo que redimirme. Claro que, según algún crítico y algunos colegas, puede que también para escribir sea una calamidad, pero de eso aún no he llegado a convencerme.

Eduardo Mendoza: Sinceramente, no lo sé. No es una respuesta bonita, pero es la que más se aproxima a la verdad.

Ricardo Menéndez Salmón: Escribo por insatisfacción. Si estuviera satisfecho, me limitaría a "vivir la vida", no a intentar comprenderla mediante la escritura. Claro que al intentar comprenderla, es decir, al escribirla, me doy cuenta de que en realidad la vida resulta incomprensible. Lo cual genera una nueva insatisfacción, la de comprobar que el intento por comprender la vida mediante la literatura lo único que ilumina es la imposibilidad de alcanzar esa comprensión. Pero entonces sucede algo curioso, y es que el hecho de descubrir esa imposibilidad me conmueve, admira e impulsa a escribir más y más.

Juan José Millás: Escribo por las mismas razones por las que leo: porque no me encuentro bien.

Rosa Montero: Escribo porque no puedo detener el constante torbellino de imágenes que me cruza la cabeza, y algunas de esas imágenes me emocionan tanto que siento la imperiosa necesidad de compartirlas. Escribo para tener algo en qué pensar cuando, en la soledad tenebrosa de la duermevela, por la noche, en la cama, antes de dormir, me asaltan los miedos y las angustias. Escribo porque mientras lo hago estoy tan llena de vida que mi muerte no existe: mientras escribo, soy intocable y eterna. Y, sobre todo, escribo para intentar otorgar al Mal y al dolor un sentido que en realidad sé que no tienen.



Luis Muñoz: Creo que puedo distinguir razones de tipo general y razones particulares. Entre las particulares: por darle forma a una emoción concreta, por hacerle un hogar de palabras a uno de esos pensamientos que uno cree que pueden ser salvadores, por ser vulnerable al contagio de otro poema que creo admirable y hacerme la ilusión de que puedo responderle, conversar con él o seguir alguno de sus hilos sueltos. Entre las generales, por querer sentir mi tiempo, el rabioso presente, en el lenguaje; por estar enamorado de la capacidad de las palabras para volver a decir la verdad, por el sentimiento de libertad que produce, por darles forma a seres informes: embriones de voces, sentimientos, sensaciones, ideas...

Antonio Muñoz Molina: Creo que nunca he pensado mucho en por qué escribo, salvo cuando me han hecho esa pregunta y he tenido que improvisar una respuesta que sonara convincente. Escribo, sobre todo, porque me gusta mucho hacerlo, y me ha gustado casi desde que tengo recuerdos. Me gustaba inventar cuentos, escribirlos y dibujarlos cuando era niño. Me gustaba escribir redacciones en la escuela. Luego empecé a leer novelas de aventuras y me enteré de que todas ellas tenían un autor, que solía ser Julio Verne, y por primera vez me imaginé practicando ese oficio. Después me aficioné a leer poesía y por imitación me puse a escribir versos, siempre muy malos. Cuando tuve una máquina de escribir, se me iban las tardes improvisando lo que fuera, por el puro gusto de golpear las teclas: diarios, poemas, obras de teatro. Escribo por gusto y porque me gano la vida escribiendo. Algunas veces disfruto mucho y otras preferiría estar haciendo cualquier otra cosa. Pero en ocasiones en que me he puesto a escribir contra mi voluntad y casi a la fuerza he encontrado cosas que de otra manera no se me habrían ocurrido. También escribo por quitarme la mala conciencia de no haber escrito, o para tener el alivio de haberlo hecho. Me puedo imaginar no publicando, al menos durante largos períodos, pero no me imagino no escribiendo. En el fondo es un vicio, un hábito cotidiano, o una manera de estar en el mundo, como tener afición por la lectura o por la música.

Julia Navarro: Para mí, escribir es una oportunidad de vivir otras vidas, pero también de asumir compromisos, aunque a veces vayan envueltos con el papel del entretenimiento.

Andrés Neuman: Escribo porque de niño sentí que la escritura era una forma de curiosidad e ignorancia. Escribo porque la infancia es una actitud. Escribo porque no sé, y no sé por qué escribo. Escribo porque sólo así puedo pensar.

Amélie Nothomb: Me preguntan por qué elegí escribir. Yo no lo elegí. Es igual que enamorarse. Se sabe que no es una buena idea y uno no sabe cómo ha llegado ahí, pero al menos hay que intentarlo. Se le dedica toda la energía, todos los pensamientos, todo el tiempo. Escribir es un acto y al igual que el amor, es algo que se hace. Se desconoce su modo de empleo, así que se inventa porque necesariamente hay que encontrar un medio para hacerlo, un medio para conseguirlo.



Arturo Pérez-Reverte: Escribo porque hace 25 años que soy novelista profesional, y vivo de esto. Es mi trabajo. Igual que otros pasan en la oficina ocho horas diarias, yo las paso en mi biblioteca, rodeado de libros y cuadernos de notas, imaginando historias que expliquen el mundo como yo lo veo, y llevándolas al papel a golpe de tecla. Procuro hacerlo de la manera más disciplinada y eficaz posible. En cuanto a la materia que manejo, cada cual escribe con lo que es, supongo. Con lo que tiene en los ojos y la memoria. Muchas cosas no necesito inventarlas: me limito a recordar. Fui un escritor tardío porque hasta los 35 años estuve ocupado viviendo y leyendo; pateando el mundo, los libros y la vida. Ahora, con lo que eché en la mochila durante aquellos años, narro mis propias historias. Reescribo los libros que amé a la luz de la vida que viví. Nadie me ha contado lo que cuento.

Nélida Piñón: Yo escribo porque el verbo provoca en mí desasosiego, afila los mil instrumentos de la vida. Y porque, para narrar, dependo de mi creencia en la mortalidad. Con la fe en que una historia bien contada me arrebate las lágrimas. Sobre todo cuando, en medio de la exaltación narrativa, menciona amores contrariados, despedidas hirientes, sentimientos ambiguos, despojados de lógica. Escribo, en conclusión, para ganar un salvoconducto con el que deambular por el laberinto humano.

Álvaro Pombo: Pienso en el pequeño cementerio de Londres, a unos diez minutos a pie de Paddington Green, donde robé un perro feo, de cemento, del sepulcro de una dama ahí enterrada. Al venir a Madrid, abandoné ese perro a su suerte. Escribir esto, ¿es escribir, o no? Es, desde luego, un modo de hacer surgir los recuerdos y las imágenes distinto del modo normal: un modo prefabricado, que desea causar un efecto imborrable al menos en mi alma y luego en la de un lector o un millón, si es posible. Y también es un intento de expresar el ser, el Dios, en la claridad del ser-ahí que era yo en aquel entonces, al borde de la nada.

Benjamín Prado: Yo escribo para divertirme, para entretenerlos, para aprender, para enseñarles, para que sea cierto que "escribir es soñar y que otros lo recuerden al despertar", para que no me olviden, para que no nos callen y, en primer lugar, porque no podría no hacerlo.

Soledad Puértolas: Las alegrías de la vida te desbordan. El dolor y la pérdida te superan y hunden. El tedio y la monotonía pueden resultar aniquiladores. Cuando escribo, estoy fuera de esa realidad. He entrado en otra donde sí es posible buscar un sentido, incluso vislumbrarlo. La soledad, que tantas veces se ha hecho insoportable, se hace ligera y deseable. El estado perfecto. Hay metas, humanidad, sentidos. Hasta cabe la risa, el gran regalo.



Santiago Roncagliolo: Debería decir que escribo porque no sé hacer nada más, pero intentaré una respuesta más profunda: creo que la realidad no tiene ningún sentido. Las cosas pasan a tu alrededor de una manera errática, a menudo contradictoria, y un día te mueres. Las cosas en que creías dejan de ser ciertas de un momento a otro. En cambio, las novelas tienen un principio, un medio y un desenlace. Los personajes se dirigen hacia algún lugar, la gloria, la autodestrucción o la nada, y sus acciones tienen consecuencias en ese camino. Escribo historias para inventar algo que tenga sentido.

Fernando Royuela: Escribo para seducir, para subvertir, para sentirme vivo y muerto, para llorar, amar y maldecir. Escribo para no tener que aguantarme, para negar el mundo, para huir. Escribo porque me da la gana y me lo puedo permitir.

David Safier: ¿Se acuerda de cuando era niño y jugaba, inventando historias disparatadas con figuritas de indios, vaqueros o pitufos? ¿O simplemente imaginando en la bañera que era el capitán de un barco pirata que buscaba un tesoro en medio de la tormenta? ¿Se acuerda de cómo se sentía cuando jugaba con otros niños en la calle y vivían increíbles aventuras haciendo de exploradores, cazadores o agentes secretos; luchando contra dinosaurios, monstruos o supermalos que querían destruir la tierra con rayos mortales? Pues bien, todo eso es lo que yo hago todavía. Jugar con mi imaginación. Cada día de mi vida. Y lo seguiré haciendo hasta que me muera. O me vuelva loco.

Jorge Semprún: Si lo supiera, tal vez no escribiría. Quiero decir, si lo supiera con certeza, si a cada momento pudiese proclamar taxativamente, sin vacilar, por qué escribo, y para qué, para quién o quiénes; si así fuera, tal vez no escribiría. O sea que escribo, en cierta medida, para encontrar respuestas al porqué. Escribir no es un acto reflejo, ni una función natural. No se escribe como se come o se ama. No se agota en el hecho de escribir el portentoso, o doloroso, o lo uno y lo otro, milagro de la escritura. No se agota, al escribir, el deseo inagotable de la escritura. Tal vez porque sea ésta la mejor forma de sobrevivir. ¿Por qué escribo? Tal vez para sobrevivir a la muerte, la necesaria muerte que me nombra cada día.

Wole Soyinka: Hace varios años, participé en esta misma experiencia con el periódico francés Libération . En aquella ocasión contesté: "Supongo que por el ser masoquista que llevo dentro de mí". Desde entonces, no he tenido ningún motivo para cambiar mi respuesta.



Antonio Tabucchi: Preferiría formular la pregunta así: ¿Por qué se escribe? Hace tiempo, cuando era joven, escuché a Samuel Beckett responder: "No me queda otra". Las respuestas posibles son todas plausibles pero con signo de interrogación. ¿Escribimos porque tememos a la muerte? ¿Porque tenemos miedo de vivir, porque tenemos nostalgia de la infancia, porque el tiempo pasado corrió deprisa o porque queremos detenerlo? ¿Escribimos porque a causa de la añoranza sentimos nostalgia, arrepentimiento? ¿Porque querríamos haber hecho una cosa y no la hicimos o porque no deberíamos haber hecho algo que hicimos? ¿Por qué estamos aquí y queremos estar allá y si estuviéramos allá nos hubiese resultado mejor quedarnos aquí? Como decía Baudelaire, la vida es un hospital donde cada enfermo quiere cambiar de cama. Uno piensa que se curaría más deprisa si estuviera al lado de la ventana y otro cree que estaría mejor junto a la calefacción.

Andrés Trapiello: Lo natural es hablar, incluso cantar, pero no escribir. Poner las palabras por escrito en un libro es, decía Unamuno, una "tragedia del alma", y acaso se escriba por miedo a quedarse uno a solas con su dolor, como si escribir fuese un remedio, y no un veneno. Así lo siento yo también.

Kirmen Uribe: En noviembre de 2007 tuve la suerte de asistir como escritor invitado a la clase de escritura creativa de Anthony MacCann, en el CalArts de Los Ángeles. Anthony me contó que los mejores de cada promoción son fichados por las grandes productoras para trabajar como guionistas de series de televisión. Se hacen ricos. Los "peores", por el contrario, se dedican a la poesía. A mí me encanta quedarme solo y escribir. "Un solitario impulso de delicia" me lleva a escribir, como decía Yeats en su poema "Un aviador irlandés prevé su muerte". Disfruto casi tanto como los "peores" de CalArts, que, tumbados en el césped del campus con un libro en las manos, levantaban la mirada para ver pasar las nubes. Yo, en la clase de Anthony, sería, sin duda, del grupo de los poetas.

Mario Vargas Llosa: Escribo porque aprendí a leer de niño y la lectura me produjo tanto placer, me hizo vivir experiencias tan ricas, transformó mi vida de una manera tan maravillosa que supongo que mi vocación literaria fue como una transpiración, un desprendimiento de esa enorme felicidad que me daba la lectura. En cierta forma la escritura ha sido como el reverso o el complemento indispensable de esa lectura, que para mí sigue siendo la experiencia máxima, la más enriquecedora, la que más me ayuda a enfrentar cualquier tipo de adversidad o frustración. Por otra parte, escribir, que al principio es una actividad que incorporas a tu vida con otros, con el ejercicio se va convirtiendo en tu manera de vivir, en la actividad central, la que organiza absolutamente tu vida. La famosa frase de Flaubert que siempre cito: "Escribir es una manera de vivir". En mi caso ha sido exactamente eso. Se ha convertido en el centro de todo lo que yo hago, de tal manera que no concebiría una vida sin la escritura y, por supuesto, sin su complemento indispensable, la lectura.

Juan Gabriel Vásquez: Escribo porque me irrita y me entristece el desorden del mundo, y descubrí hace mucho tiempo que en la buena ficción el mundo tiene un orden o su desorden tiene un sentido. Escribo porque mi inteligencia es limitada y sólo soy capaz de entender lo que viene en palabras. Escribo, por lo tanto, porque no entiendo o porque ignoro: "escribe sobre lo que conoces" me parece el consejo más idiota del mundo, porque se escribe, precisamente, para conocer.



Manuel Vicent: Si esta pregunta se me hubiera formulado hace muchos años, cuando empecé a escribir, mi respuesta habría sido más romántica, más literaria, más estúpida. Probablemente habría contestado que escribía para crear un mundo a mi imagen, para poder leer el libro que no encontraba en mi biblioteca, para no suicidarme, para enamorar a una niña, para influir en la sociedad o tal vez cínicamente porque no servía para nada más, ni siquiera para arreglar un enchufe. Sin olvidar lo que este oficio tiene de vanidad y de narcisismo, a estas alturas de la profesión creo que escribo porque es un trabajo que me gusta, que unas veces me sale bien y otras mal, pero en cualquier caso la literatura ya forma parte de un mismo impulso vital que me sirve para sentirme a gusto todavía en este mundo, sin que espere gran cosa de su resultado.

Enrique Vila-Matas: Ah, ya veo, vuelve la vieja y pérfida pregunta. Pero también podrían ustedes preguntarme por qué acabo de hacer un moño en mis zapatos, y por qué no me he contentado con un nudo que, para el caso, me habría servido igual. En algún tiempo remoto, un antepasado hizo el primer moño. Nosotros no somos más que sus imitadores, un eslabón en la cadena ininterrumpida de la tradición. De modo que a quien habría que preguntarle por qué escribo es a ese antepasado, preguntarle por qué quiso ir más allá del nudo.

Juan Eduardo Zúñiga: El jardincillo parece envejecido con los fríos de noviembre y el suelo está cubierto de las hojas caídas de una acacia. Dejo de mirarlo desde la ventana, estoy solo en el cuarto vacío donde tengo los juguetes y los cuentos, en las paredes sujetas con chinchetas hay dos láminas referentes a un país extranjero y extranjero es el autor de un libro que cojo, y me aprendo su nombre: Michel Zevaco. Leo el final del segundo capítulo: un hombre busca sin parar en un cofre lleno de joyas y no encuentra lo más importante para él. Me extraña esto ¿más valioso que joyas? Tengo al lado un cuaderno y lápiz, sin pensar escribo: "Él buscaba algo entre las joyas..." y sigo escribiendo, sigo así hasta hoy.



martes, 12 de abril de 2016

Volver a la raíz





El lector pródigo

Alberto Acerete


Cuando tenía doce años,
y a los ocho e incluso a los quince,
mis padres cambiaban los domingos 
por los sábados por la tarde,
íbamos a misa, después tomábamos unas tapas.
Aunque a veces me pegaba con mis hermanos, aunque luego tuviéramos castigo,
creo que nos queríamos y sentíamos respeto. Moríamos de ganas por llegar a casa
y encender la televisión.
Antes, en las iglesias, había hileras interminables de bancos,
del mismo modo en que hay bancos 
en toda la tradición amorosa.
Y aunque los ritos, los sermones y las cúpulas,
se dedicaban a pisotearme 
como a hojas que ya han muerto durante el otoño,
me centraba en el mensaje de amor
y en volver agradecido si me marchaba un día.
De verdad pensaba que el amor, que ese día llevaría mi nombre, 
sería un futuro pilar para un mundo justo,
pero cometí el error de hacerlo al tiempo
en que asociaba sentirse amado con Petrarca
y me reía, por encima de todo, del romanticismo inglés.
Eso es cuanto he arrastrado.
Años después, tras los primeros rechazos familiares, 
yo hice lo mismo, sin dar explicación, con su tradición cristiana.
A pesar de mi estupidez ególatra, durante un tiempo creía que sería posible
cambiar la liturgia de La Palabra
por la liturgia de esta palabra, que escribir, leer en público o predicar mis carencias,
me libraría de ser yo.
Encontraría a quien me amase
como la cristiandad no lo había hecho en vida,
pero los abrevaderos de la literatura, ávidos siempre,
revelaron el espejismo y me evitaron confundirme antes de decidir entrar:
aquí el único amor disponible
era el propio 
sin los otros.
Sus reuniones se parecían más a recitar nombres y referencias, equivocadas por lo común,
que a asumir todo aquello que no habías leído. El ego, que era su amor, 
solo resultaba útil
si destrozabas a quien fuese mejor que tú. Entonces te aplaudían.
Yo, ya veis, no podía encontrar espacio heroico entre esos hombres,
me había educado en sillones
y en bibliotecas 
porque mis padres no tenían dinero,
y todo el trabajo que habían empeñado en quererme
no era útil, a esas alturas, para enseñarme a leer.
Esta mañana he comprado mi primera Biblia, tras diez años encadenando empleos. Es una edición en piel 
con grecas en el lomo. La he comprado agradecido y porque he vivido en multitud de pisos diferentes,
pero siempre lo había hecho solo.
Soy ridículo. Ya veis, ahora que puedo sentarme,
parece que me niego el culto.
Es un gesto de gratitud ante mis padres.
Después de todo, nadie me ha enseñado a leer.


Alberto Acerete (1987) poeta español. En 2010 publicó El último verano, en 2014, Cartas a la guerra y, el año pasado, Yo quiero bailar.










¡Adiós, Shangay Lily!



Enrique Hinojosa (Shangay Lily) 1963-2016


El escritor y activista Enrique Hinojosa Vázquez, conocido con el nombre de Shangay Lily, falleció en la noche del lunes 11 de abril en Madrid, a los 53 años de edad. Nacido en Málaga en 1963, fue uno de los primeros dragqueen españoles en la década de los noventa, en la que creó la Shangay Tea Dance, la primera fiesta de temática gay, y Shangay Express, la primera revista gratuita exclusivamente homosexual en España. 

Shangay Lily escribió varias novelas y una antología de sus monólogos teatrales estrenados. Además, se publicará próximamente su ensayo Adiós, Chueca (Memorias del gaypitalismo: construyendo la marca gay). Asimismo, escribió y protagonizó obras teatrales, además de aparecer en varios programas de televisión. También debutó en el cine junto a Javier Bardem y Aitana Sánchez-Gijón en la película Boca a boca, y diez años después dirigió y protagonizó Santa Miguel de Molina.

Shangay ha sido un referente –no siempre cómodo- del mundo gay durante 25 años. Su nombre ha quedado grabado en la publicación que bautizó, pero, sobre todo, se había convertido en una voz crítica dentro del mundo LGTB, sobre todo al fenómeno de Chueca, al que el artista/activista (de ahí el nombre de su blog, Artivista) reprochaba su mercantilización y una especie de banalización de las libertades conseguidas después de décadas de lucha de personajes como el suyo.

La cultura –el arte, su arte- fue su principal arma, unida a una imagen rompedora y muy moderna. La idea de que cada persona es única y debe seguir su camino, poniéndose al mundo por montera, fue una constante en su pensamiento, incluso cuando ello le traía problemas. En la actualidad, escribía en el periódico Público su blog Palabra de Artivista. 


Poemas del Rey Lagarto



Poder 


Jim Morrison 

Puedo hacer que la tierra se pare 
en seco. Hice 
desaparecer los coches azules. 

Me puedo hacer invisible o pequeño. 
Puedo convertirme en gigante  y alcanzar las 
cosas más lejanas. Puedo cambiar 
el curso de la naturaleza. 
Puedo situarme en cualquier lugar 
del espacio o el tiempo. 
Puedo invocar a los muertos. 
Puedo percibir sucesos de otros mundos,
en lo más profundo de mi mente 
y en la mente de los demás. 

Yo puedo. 
Yo soy.



El Mundo en Llamas 


Jim Morrison 

El mundo en llamas… 
Taxi desde África… 
El Gran Hotel… 
Una gran fiesta anoche 
atrás, volviendo atrás 
en todas direcciones 
durmiendo estas insanas horas. 
Nunca me despertaré 
de buen humor otra vez. 
Estoy harto de estas apestosas botas.  



La película

Jim Morrison 

La película comenzará en unos instantes.
Anunció la estúpida voz.
Todos aquellos sin sitio esperarán al siguiente espectáculo.

Nos colocamos lentamente, lánguidamente en el pasillo.
El auditorio era enorme y silencioso.
Mientras nos sentábamos y oscurecía, la voz continuaba.

El programa de esta tarde no es nuevo.
Has visto este espectáculo una y otra vez.
Has visto tu nacimiento, tu vida y tu muerte.
Podrás recordar todo el resto.
¿Tendrás un buen mundo cuando mueras?
¿Bastante para basarlo en una película?

Me estoy yendo de aquí.
¿Adónde vas?
Al otro lado de la mañana.
Por favor, no persigas las nubes, pagodas.

Su sexo le atrajo como una cálida y amistosa mano.

Está bien, todos tus amigos están aquí.
¿Cuándo podré verlos?
Después de que hayas comido.
No tengo hambre.
Uh, quisimos decir golpeado.






Inmaculadamente drogado

Jim Morrison 

Te diré esto.
Ninguna recompensa eterna nos perdonará ahora.
Por malgastar el alba.

Vuelvo a aquellos días, todo era mas sencillo y más confuso.
Una noche de verano, yendo al muelle.
Me encontré con dos jóvenes chicas.
La rubia se llamaba Libertad.
La morena, Empresa.
Hablamos y me contaron esta historia.
Ahora escucha esto…
Te hablaré sobre Texas radio y su gran ritmo
Suavemente conducido, lento y loco.
Como algún nuevo lenguaje.
Llegando a tu cabeza con el frío, furia repentina de un mensajero divino.
Déjame hablarte sobre la angustia y la pérdida de dios.
Divagando, divagando en la desesperada noche.

Aquí fuera no hay estrellas en todo el perímetro.
Aquí fuera estamos colocados.
Inmaculados. 




Despertar del recién nacido

Jim Morrison 

Gentilmente se agitan, gentilmente ascienden.
Los muertos son recién nacidos despertándose.
Con desoladoras amputaciones y almas húmedas. 
Gentilmente suspiran en el extasiado funeral de asombro 

¿Quién llamo a esa muerte al baile? ¿Fue la joven mujer aprendiendo a tocar la canción del fantasma en su pequeño piano? 
¿Fueron los desérticos niños? ¿Fue el mismo fantasma de Dios, tartamudo, animado, charlando ciegamente? 

Te he llamado para embalsamar la tierra. 
Te he llamado para anunciar la tristeza cayendo como carne quemada. 
Te he llamado para desearte el bien. Para glorificarte como un nuevo monstruo. 
Y ahora te llamo para rezar. 





Un  banquete de amigos

Jim Morrison 

Wow, estoy harto de dudas
Vivir en la luz de la certeza
Sur
Crueles ataduras
Los esclavos tienen el poder
hombre perros y sus mezquinas mujeres
tirando pobres mantas sobre
nuestros marineros.

¿Y dónde estabas en nuestra recostada hora?
¿Ordeñando tu bigote,
o moliendo una flor?

Estoy harto de estas severas caras
Mirándome desde la torre
de la televisión, Quiero rosas en
mi enrejado jardín, ¿cava?
Bebes reales, rubíes
deben ahora reemplazar a los abortados.
Extranjeros en el fango.
Estos mutantes, comida de sangre
para la planta que es arada.

Están esperando para llevarnos dentro
del cortado jardín.
¿Sabes cómo de pálida y lasciva aterradora
viene la muerte en la desconocida hora?
Sin previo aviso, imprevista
como una aterrador y amigable invitado que has
traído a tu cama.
La muerte hace ángeles de todos nostros
y nos pone alas
donde teníamos hombros
suaves como garras
de cuervo.

No más dinero, no más disfraces
Este otro reino parece desde lejos el mejor
hasta su otra mandíbula revela incesto
y obediencia perdida a una ley vegetal.

No iré.
Prefiero un banquete de amigos
a una Familia Gigante.





Lamento

Jim Morrison 

Lamentos por mi miembro
Escocida y crucificada
Busco conocerte
Adquiriendo emotiva sabiduría
Puedes abrir los muros del misterio
Estriptis

Cómo recibir a la muerte en el espectáculo matinal.
Muerte de la televisión que absorben los niños.
Misterio de la sana muerte que me haces escribir
Tren lento, la muerte de mi polla da la vida.

Perdona a los pobres viejos que nos dieron la entrada
Nos enseñaron a Dios en las oraciones infantiles por la noche.

Guitarrista
Anciano sátiro sabio
Canta tu oda a mi polla

Acaricia su lamento
Endurece y guíanos, congelados
Células perdidas.
El conocimiento del cáncer.
Hablar al corazón.
Y dar el gran regalo.
El Trance del Poder de las Palabras.

Este establo amigo y la bestia de su zoo
Salvajes y peludas chicas.
Mujeres floreciendo en sus cimas.
Monstruos de piel.
Cada color se conecta
para crear el bote
que mueve la raza.
Cualquier infierno podría ser más horrible
que ahora.
¿Y real?

Presioné su muslo y la muerte sonrió.

Muerte, vieja amiga.
La muerte y mi polla son el mundo.
Puedo perdonar mis pecados en nombre de
Sabiduría, Lujo y Romance

Sentencia sobre sentencia
Las palabras con la cura de los lamentos
Para la muerte del espíritu de mi polla
No tiene significado en el suave fuego
Las palabras me dieron mis pecados y me pondrán bien.
Creételo

Juntémonos todos ahora y lamentemos la muerte de mi polla
Una tonelada de conocimiento en la emplumada noche
Los chicos se vuelven locos en su cabeza y sufren
Sacrifico mi pene en el altar del silencio.




Hora de magia

Jim Morrison 

Burla permanente,
danos una hora para la magia.
Nosotros los del guante púrpura.
Nosotros los del estornino vuelo
y hora aterciopelada.
Nosotros los de la raza del placer árabe.
Nosotros los de la cúpula solar y la noche.
Danos un credo
en el que creer.
Una noche de lujuría
Danos confianza en
la noche.
Danos color,
cientos de matices
una rica mandela,
para mí y para ti
y para tu sedosa
casa de sauces.

Una cabeza, sabiduría
y una cama
problemático decreto.
Burla permanente
te he reclamado.
Solíamos creer
en los antiguos buenos días.
Todavia recibimos
de pequeñas formas
las Cosas de Bondad.
Una frente antideportiva.
Olvida y permite. 






Canción del fantasma

Jim Morrison 

Despierta
Sacúdete los sueños de tu pelo
Mi preciosa y dulce niña.
Elige el día y el signo para tu día
El día es divino.
La primera cosa que ves.

Una inmensa y radiante playa en una bonita y adornada luna
Parejas desnudas corren por sus tranquilos lados
Y reímos como dulces, locos niños
Inmersos en la lana confusa de la mente infantil
La música y las voces giran a nuestro alrededor

Eligen su antiguo cantar
Tu tiempo ha regresado
Elige ahora, su dulce canto
Debajo de la luna
Junto al lago antiguo

Entra otra vez en el dulce bosque
Entra en el cálido sueño
Ven con nosotros
Todo está roto y baila.





La libertad existe

Jim Morrison 

¿Sabes que la libertad existe
en los libros escolares?

¿Sabes que hombres locos están
dirigiendo nuestras prisiones?

En una cárcel, en un presidio
en un blanco y libre
remolino protestante.

Estamos colgados cabeza abajo
al borde del aburrimiento.

Estamos alcanzando la muerte
en el final de una vela.

Estamos intentando conseguir algo
que ya nos ha encontrado.







lunes, 4 de abril de 2016

Sobre el doble discurso




En este poema la autora señala las incongruencias entre el discurso y la acción de quienes se dicen 'feministas' y terminan ejerciendo la misma violencia y complicidad patriarcal. 





Brava

Patricia Karina Vergara Sánchez

¡Brava, amiga feminista! 
Dímelo de nuevo: 
"No calles la violencia". 
Escríbelo bien grande, 
con letras en tinta lila: 
"El silencio no nos protege".
Hay que hacer el escrache. 
Hay que señalar al agresor. 
Hay que conmovernos hasta la médula 
por esa mujer que ha sido rota. 
Levantar las pancartas, hacer el grito. 
¡Brava por la lucha, amiga feminista!
Pero cuidado, si vengo y te cuento 
que me ha herido quien te hace amistad 
o con quien tienes interesantes negocios...
Qué ocurre, me pregunto una y otra vez, qué ocurre. 
Me retiras el saludo, me miras desde la insolencia. 
Qué ocurre, qué son esos murmullos a mi espalda. 
Qué distinto te resulta, si no es-soy una desconocida.
Será acaso que mi rostro se ha vuelto deforme, 
que mi aliento apesta, mis úlceras dan asco 
o soy un espejo enorme y desagradable 
que te hace preguntarte qué pasa en tu casa.
Qué ocurre, qué es, amiga feminista, 
que cuando hablé de violencias tantas 
no te dignaste a responderme una palabra. 
"Rompe el silencio" escribes en las paredes. 
Me pregunto si tienes sólo pintura para decir, 
si tienes también oídos para escuchar, 
boca de responder, manos para hacer.
Los del sindicato cierran filas con el denunciado. 
"No puede ser, lo conozco hace años". 
El director de la escuela protege al profe acosador 
"No puede ser, educa aquí desde hace tanto". 
Algunas feministas hacen muros de silencio 
Te dicen que fabulas, estás confundida, rencorosa, 
tal vez exageras o eres demasiado intensa. 
Que lo superes ya, que des vuelta a la hoja. 
Tal vez no entendí que si vistes de morado 
es pecado decir: "me han hecho daño".
Te miro en la tele, te grabo el discurso en el radio. 
Levantas una pancarta, llevas un listón negro en el brazo. 
Cuántos cursos sobre violencia te he escuchado.
Me alegro, me alegro tanto de que nada mío haya muerto. 
Hoy sería imagen para la carpeta en donde documentas infamias 
y para que te tomen fotos en el mitin ante el fuego de una veladora. 
Pienso que ya sé por qué no respondiste cuando te marqué al teléfono.






*Patricia Karina Vergara Sánchez: Docente, periodista, teatrera, performancera, poeta.

Mujeresnet

La víctima de una violación responde en Facebook a quienes la culpan por llevar minifalda: «¿Por eso me lo merecía?»




viernes, 1 de abril de 2016

Consejos para una mujer fuerte (Gioconda Belli)



Consejos para una mujer fuerte

Gioconda Belli


Si eres una mujer fuerte
protégete de las alimañas que querrán
almorzar tu corazón.

Ellas usan todos los disfraces de los carnavales de la tierra:
se visten como culpas, como oportunidades, como precios que hay que pagar.
Te hurgan el alma; meten el barreno de sus miradas o sus llantos
hasta lo más profundo del magma de tu esencia,
no para alumbrarse con tu fuego
sino para apagar la pasión
la erudición de tus fantasías.

Si eres una mujer fuerte
tienes que saber que el aire que te nutre
acarrea también parásitos, moscardones,
menudos insectos que buscarán alojarse en tu sangre
y nutrirse de cuanto es sólido y grande en ti.

No pierdas la compasión, pero témele a cuanto conduzca
a negarte la palabra, a esconder quién eres,
lo que te obligue a ablandarte
y te prometa un reino terrestre a cambio
de la sonrisa complaciente.

Si eres una mujer fuerte
prepárate para la batalla:
aprende a estar sola,
a dormir en la más absoluta oscuridad sin miedo,
a que nadie te tire sogas cuando ruja la tormenta,
a nadar contra corriente.

Entrénate en los oficios de la reflexión y el intelecto.
Lee, hazte el amor a ti misma, construye tu castillo,
rodéalo de fosos profundos,
pero hazle anchas puertas y ventanas.

Es menester que cultives enormes amistades,
que quienes te rodean y quieran sepan lo que eres,
que te hagas un círculo de hogueras y enciendas en el centro de tu habitación
una estufa siempre ardiente donde se mantenga el hervor de tus sueños.

Si eres una mujer fuerte
protégete con palabras y árboles
e invoca la memoria de mujeres antiguas.

Has de saber que eres un campo magnético
hacia el que viajarán aullando los clavos herrumbados
y el óxido mortal de todos los naufragios.
Ampara, pero ampárate primero.
Guarda las distancias.
Constrúyete. Cuídate.
Atesora tu poder.
Defiéndelo.
Hazlo por ti.
Te lo pido en nombre de todas nosotras.